Bienvenido al IPN
Desde que era niño, mi mayor sueño era ser profesor. ¿Profesor de qué? No lo sabía. Solo quería enseñar. La filosofía siempre me atrajo, así que tal vez ese era mi destino. Sin embargo, las circunstancias me llevaron a estudiar ingeniería y, posteriormente, a realizar posgrados en ciencias. Eso fortaleció mis conocimientos y, sobre todo, mi pasión por impartir clases.
Mis primeros pasos en la docencia fueron en universidades donde mis asesores me pedían que los cubriera. No recuerdo con certeza mi primera clase, pero sí la sensación de pararme frente a un grupo y comenzar a hablar. La primera universidad a la que envié una candidatura fue la UACM.
Recuerdo el día en que salieron los resultados: mi nombre no estaba en la lista de seleccionados. Fue un golpe duro, pero pensé que tal vez no tenía lo necesario para ser tomado en cuenta. Aún era estudiante de doctorado y quizá buscaban algo más. Sin embargo, al día siguiente, la universidad publicó un comunicado disculpándose porque no habían subido la lista completa. Y en esa nueva lista, ahí estaba mi nombre.
Fui a la entrevista con nervios, pero di lo mejor de mí. Mi presentación sorprendió a los presentes, pues, al exponer sobre diseño en SolidWorks, integré la realidad aumentada de la aplicación para Android. No era algo particularmente novedoso, pero nadie en la sala lo había visto antes. Al final, me asignaron dos materias: Introducción a la Ingeniería y Diseño Asistido por Computadora. Era 2016. Un día antes de comenzar, mientras tomaba un baño, pensé que mi sueño más grande estaba a punto de cumplirse. En realidad, había sido un sueño en mi infancia, pero con el paso de los años y mi formación como ingeniero, se convirtió en una meta. Y esa primera meta estaba cumplida: ser profesor.
El primer día fui tan feliz que, al salir de clase, estuve al borde de las lágrimas. Aquel grupo tenía cerca de 35 estudiantes, y aún recuerdo a la mayoría. Fue mi primer grupo. Con el tiempo, comencé a buscar estabilidad como docente y emprendí una búsqueda en distintas universidades. Pero había una que era la más importante de todas: el Instituto Politécnico Nacional, mi alma mater.
El destino, la vida o lo que sea puede golpearte fuerte. Hace daño. Pero solo cuando tomas las cosas en serio y amas lo que haces, puedes soportar esos embates. Han pasado casi 10 años desde que di mi primera clase y sigo teniendo el mismo entusiasmo, hago lo que más me hace feliz, todos los días vivo mi sueño. Cada día sigo preparando mis lecciones con entusiasmo. Me emociona ver a mis estudiantes, levantarme temprano para mi clase de las 7 a.m., esperarlos con ansias y saber que ese día aprenderán algo nuevo. Solo faltaba algo: la meta más grande.
Hace relativamente poco, presenté un examen para ingresar como profesor al IPN. Estudié mucho, preparé un trabajo con todo mi empeño y expuse ante doctores altamente calificados. Me felicitaron. Dijeron que les había gustado mi presentación, que mi currículum era increíble y que les había costado encontrar un profesor para esa área. Lleno de júbilo, agradecí. Y por fin, después de tantos años, volví a escuchar aquellas palabras que solo una vez en mi vida me habían dicho, allá por 2003, cuando entré a la vocacional: Bienvenido al IPN, profesor.
Héctor Benítez.